El valor de la opinión.

Vivimos rodeados de opiniones.

Las opiniones flotan en el aire, las respiramos, nos las bebemos y nos las comemos todos los días, aunque a veces cueste digerirlas. Vemos opiniones en la televisión, leemos opiniones en muchos libros, en las columnas de periódicos y revistas, y en los blogs. Nadamos en opiniones cuando estamos en las redes sociales y hasta cuando vemos las noticias.

Prácticamente todo lo que decimos y escuchamos son opiniones. ¡Hasta el adjetivo más inocente es una opinión!

«Puedes enviarme un email cuando quieras, suelo ser rápida para contestar.» Opinión.

«¡Qué bien que te vayas de escapada a Brujas! ¡Te va a encantar!» Opinión.

«La fiesta salió genial, todo el mundo lo pasó bien.» Opinión.

«¡Menudo nivel de auriculares te has comprado!» Opinión.

«Esto es caro.» Opinión.

¡Hasta la hora que es en este momento es relativa! Quizás no sea una opinión, pero definitivamente no es la misma hora para todo el mundo. La información ofrecida en el noticiero de la televisión tiene un sutil filtro que apenas podemos advertir, el que el redactor le ha puesto al trasmitir la información que le llegó. Una palabra, una coma o una omisión puede cambiar radicalmente la información y la posición de esa palabra, esa coma o esa omisión puede tener mucho que ver con la opinión del redactor. ¡Pero no solo eso! Esa omisión, esa coma o esa palabra, puede hacer que la opinión de cada uno de nosotros cambie radicalmente, se configure de otro modo o nos coloque en otro bando.

¿Cada cuánto discutes con amigos o familiares en la sobremesa debido a las opiniones?

¡Pues te lo digo desde ya! El fútbol, la política y la historia, son temas tabú en muchas familias.

Absolutamente todo, salvo contadísimas cuestiones, son opiniones. Casi todo cuanto afirmamos pasa el filtro de nuestra perspectiva y, por tanto, no es del todo real. ¿Qué es este post sino mi opinión sobre las opiniones?

Desde que supe que iba a escribir un libro tuve muy claro que tendría un fuerte trabajo de autoconocimiento en relación a las opiniones sobre mí, o sobre el libro, y que este trabajo vendría de la mano de un importante análisis (a través de la meditación y la auto observación) sobre qué es una opinión. Este trabajo no solo dio excelentes resultados respecto de cómo o cuánto me afectan las opiniones de otras personas sobre mi trabajo, sino que el efecto más importante, interesante y beneficioso que he tenido es aprender cómo y cuánto vale mi propia opinión.

No suelo adelantar detalles, ni dar ideas de los resultados de mi trabajo personal, porque influenciaría el trabajo y las propias conclusiones de mis clientes, pero como esto es un artículo de opinión publicado para la tribu, ¡te seguro que al final del texto sabrás cuál es mi opinión sobre mis propias opiniones! Si es que no atinas a adivinarlo ya.

De dónde viene una opinión.

Las opiniones son juicios de valor que, normalmente, nuestra mente va fabricando sobre la marcha, es decir, según nos estamos enterando de la noticia, nos están contando la anécdota o está teniendo lugar el hecho concreto, nuestra mente ya está elaborando su opinión sobre ello.

A nadie le importa nuestra opinión, ni siquiera a nosotros mismos, nuestra realidad no mejora porque nuestra opinión verse sobre una necesidad de mejora. Sin embargo, nuestra mente y su Ego siempre están emitiendo juicios sobre lo que ocurre: esto me gusta, esto no, esto es agradable, esto está mal o bien, esto no debería estar ocurriendo, eso que ha dicho se lo podría haber callado, etc. De nuevo, todos los pensamientos son opiniones, ¡incluso aquellos en los que nos limitamos a pensar que estamos de acuerdo con algo! ¿Qué es un acuerdo si no una puesta en común de opiniones?

Las opiniones son de índole mental y, como ya sabemos, con la mente: uso, no abuso.

La opinión que elaboramos sobre algo depende fundamentalmente de nuestra experiencia pasada, es decir, todo lo que hemos vivido en relación a ese algo influye de manera directa en la opinión que elaboremos en ese momento. Incluso puede verse influenciada por aspectos sin relación aparente, pero eso es otro tema.

No obstante, no solo las experiencias configuran nuestras opiniones, también el estado de ánimo, la perspectiva que elijamos tener, las expectativas y las influencias ponen su peso en la elaboración de opiniones de todo tipo. Veamos estos aspectos brevemente:

Estado de ánimo: ¿Cómo crees que puede influir tu estado de ánimo en la elaboración de opiniones? ¿Podrías tomarte de forma distinta una noticia dependiendo del día en que la recibas? ¿Opinas lo mismo de tu trabajo los lunes que los sábados? ¿Te notas más hater el día en que más cansada estás? Respóndete tú misma, quizás no tengas la misma opinión que yo sobre este punto.

Perspectiva: no importa cuán objetivas creamos que estamos siendo, en realidad siempre llevamos puestas nuestras gafas de ver. ¿De ver qué? Pues de ver la vida. Si no hacemos el ejercicio de quitarnos a propósito las gafas y trabajamos la gestión de la perspectiva, podemos estar seguras de que nuestra opinión se verá afectada por nuestras gafas de ver la vida, estén limpias, sucias, sean de color rosa o gris.

El hecho de que sea posible quitarse las gafas hace que la perspectiva desde la que uno ve las cosas sea opcional y esto no suele gustarnos mucho porque nos hace responsables de nuestro estado de ánimo, es decir, la «culpa» de que estemos enfadados deja de ser de la persona que «nos ha enfadado» y pasa a ser nuestra. ¿A que no mola?

Expectativas: parece evidente que nuestra opinión sobre lo que ocurre o sobre lo que alguien hace o dice también puede verse influenciada por las expectativas que tengamos sobre ese suceso. Si coinciden, nuestra opinión puede ser positiva y si no, podemos opinar en contra. ¡O al revés! Dependiendo de si eso que estamos esperando que ocurra lo consideramos bueno o malo (nuevamente una opinión).

Pero, ¡no sólo eso! Las expectativas pueden gestionarse para elegir qué se espera y qué no y, además, pueden gestionarse también las emociones que aparecen cuando esas expectativas no han sido cumplidas. De nuevo, la responsabilidad sobre lo que esperamos y lo que hacemos con eso que esperábamos es nuestra. De nadie más.

Influencias: además de estos factores que comentamos, e incluso estos mismos factores, están influenciados por nuestro entorno, la educación que recibimos y la sociedad en la que nos ha tocado vivir. Las influencias recibidas pueden ser sociales, culturales, familiares, etc, y determinan nuestra opinión sobre cómo deben y no deben ser las cosas.

De esta manera, dependiendo de este tipo de influencias, creemos saber cómo deben ser los matrimonios, por ejemplo, qué actitud debe tener cada persona dentro de un matrimonio y estipulas qué está permitido y qué no.

Las expectativas sobre nuestro propio matrimonio estarán teñidas de estas influencias y, por tanto, nuestra opinión sobre cualquier cosa que ocurra dentro de él también. No sé si logro explicarme.

En mi opinión (¡Qué paradoja!), estos son los aspectos más notorios que configuran nuestras opiniones y de los que depende nuestra reacción ante las anécdotas que nos brinda nuestra rutina. Ahora bien, como te dije, intentaría no ofrecer mi opinión de manera clara para no influir en tus conclusiones, así que en lugar de reflexionar, te voy a dejar algunas preguntas:

  • ¿Tus experiencias cambian cada día o siempre tienes las mismas?
  • ¿Sabes ahora lo mismo que sabías hace 10 años?
  • ¿Tus expectativas sobre algo serían las mismas si no hubieses vivido lo que has vivido?
  • ¿Tienes cada día el mismo estado de ánimo?
  • ¿Reaccionas siempre igual ante sucesos similares?
  • Teniendo en cuenta que una opinión está configurada según la experiencia vivida, el estado de ánimo del día, las influencias por el momento y el lugar donde vives, la perspectiva que te apetece tomar y las expectativas que tienes sobre algo, ¿cuánto de inamovible te parece tu opinión? ¿Cuánto crees que durará tu opinión tal y como la has configurado hoy? ¿Crees que puede cambiar en algún momento? ¿Qué valor le das a tu opinión ahora?

(Casi) Todo son opiniones.

Muy pocas de las cosas que diremos hoy no son opiniones, con total sinceridad te digo que, ahora mismo, no se me ocurre ningún ejemplo de algo que vaya a decir que no sea una opinión, pero no seré tan tajante, pues quizás cuando termine de escribir esto sí tenga un ejemplo ¡o incluso varios!

En muchas ocasiones me veo inmersa en conversaciones donde todos nos limitamos a dar nuestra opinión y, dependiendo de cuánto llegue el tema a nuestra fibra, la conversación se va caldeando o se cambia de tema para hablar del tiempo. Tema que, por cierto, también está lleno de opiniones.

Me veo inmersa en conversaciones sobre veganismo y vegetarianismo, política, sobre qué es y qué no es el yoga, nutrición; también sobre la psicología vs. coaching, como si fueran opuestos y estuviesen en guerra. También caemos en conversaciones sobre si hace bueno, hace malo o hace regular, y sobre si es normal que haya tanto polen en Madrid en esta época del año.

Conversamos sobre cómo estuvo la fiesta del sábado pasado y qué tal ha sido el fin de semana. También nos contamos cosas: qué tenemos pensado para San Valentín, cuánto nos ha gustado el último libro que nos hemos leído o cómo echamos de menos la playa. Todo opiniones. ¡Hasta los planes!

Y bueno, parece lógico pensar que mientras nos contemos cosas la única pregunta que debemos hacernos es ¿cuánto de relevante es esto que estoy contando? Sin embargo, cuando la conversión entra en el nivel de discusión, podemos ahondar un poco más:

  • ¿Quién me devolverá el tiempo de esta conversación cuando mañana me levante y haya cambiado la opinión por la que ahora estoy discutiendo?
  • ¿Cómo puedo invertir este tiempo de otra manera que no sea escuchando y vomitando opiniones?
  • ¿Qué pasará con mi relación con esta persona después de discutir acerca de opiniones que pudieran cambiar en cualquier momento?
  • ¿Voy a seguir utilizando mi energía en emitir opiniones en este momento?

Personalmente, muy personalmente, por cierto, cada día me aburre más ofrecer mi opinión sobre algo. A veces me pregunto de qué escribiré el día que decida no opinar más, pero más allá de leer mi opinión sobre las opiniones, te invito a preguntarte qué opinas tú sobre las opiniones. ¡Qué cosas! ¿Qué importará lo que opinemos de las inútiles opiniones?

Me pregunto qué podría decirte en este momento que no entrara en la categoría de opinión, quizás algo como que está entrando sol por mi ventana no sea una opinión y que dentro de unas horas se hará de noche tampoco, pero esto entraría en la creencia, no en el hecho. En cualquier caso parece evidente que hay muchas afirmaciones posibles que no son opiniones, sin embargo, el lugar desde el cual vemos nosotros el hecho sí maquilla la realidad y la tiñe de la opinión que tengamos en este momento.

El sol que entra ahora por mi ventana parece indiscutible, básicamente porque me está cegando, sin embargo, si entrase un sol apagado por un cielo nublado quizás para mí no fuera suficiente sol y para una persona del norte de Europa sí. Sería por tanto cuestión de opiniones el hecho de si hace sol o no, dependiendo de lo acostumbrados que estemos al sol o a las nubes. ¡Qué confusión!

En cuestiones de creencias no nos quedamos cortos. Hace algunos siglos era un hecho que no había cura para ciertas enfermedades, sin embargo, en el momento en que se descubrieron, la realidad cambió. Esta cura había existido siempre, solo que no la conocíamos, ¿era por tanto una opinión el hecho de que no hubiese cura para determinada enfermedad? Sí, lo sé. No importa. Actualmente se está trabajando en la cura contra el cáncer y es indiferente si se trata de una opinión o no, o de si la cura ya existe pero nos es desconocida, la realidad es que la humanidad muere a causa de esta enfermedad y, si se trata de una opinión o no, es muy secundario. ¿Ves la importancia de las opiniones?

Cero.

Que Dios existe es una opinión y que no existe también lo es. ¿Por qué debería discutir yo con alguien que sostiene que Dios no existe? Su experiencia es tan verdadera para esa persona como lo es para mí la mía. ¿Para qué convencerle de la energía divina que nos rodea e inunda? Si no la ve, ni la siente, será ridículo que trate de convencerle; entre otras cosas porque lo mío también es una opinión que podría cambiar en cualquier momento. Se me ve el plumero, I think.

Perdí el interés por las opiniones ajenas el día en que entendí que mis propias opiniones no valían nada.

Es justamente aquí donde podemos detenernos y dar respuesta a aquello de “me afectan demasiado las opiniones de los demás”.

Ofrecer la opinión.

¿Cuántas opiniones damos a lo largo de un día? No sé tú, pero si yo me dejo llevar, estaría dando opiniones todo el día.

Muy bien. Esto no debería estar ocurriendo. ¡Qué rico está el café! Ellos deberían avisarme cuando esté listo. No tuve el suficiente cuidado. Si salimos ahora, deberíamos llegar a las 13.30h. Estoy cansada, debería dormir. ¡No puede ser, esto otra vez! ¡Wao, me encanta! ¡Qué preciosidad!

Debería ponerme a estudiar. Hace mucho frío aquí. Me gusta mucho tu pantalón. Tal equipo ganará la Champions. Los que votaron a fulano se merecen lo que está ocurriendo.

Etcétera. Etcétera. Etcétera. Demasiadas opiniones para lo cara que le cuesta la saliva a nuestro cuerpo.

Te invito a recordar la última opinión que has dado, incluso, aquella que no has dado, pero que sí has pensado. ¿Quizás ha sido antes de comenzar a leer? ¿Has opinado mentalmente algo de la lectura? ¿Te has quedado pegada a la opinión argumentando el por qué de tu postura?

Tómate unos minutos en recordar cuál fue tu última opinión antes de leer este punto y piensa cómo ha sido: fugaz, pegajosa, compartida, privada, de sensación agradable, de indignación, etc. ¿Qué beneficios has encontrado a la elaboración de la opinión?

¿Fue una opinión compartida con otras personas? ¿Qué has sacado de ofrecer tu opinión a otros? Elabora tu respuesta antes de continuar leyendo.

¡Claro que has podido sacar algo positivo! En muchas ocasiones, ofrecer una opinión puede dar como resultado recibir otras opiniones diferentes y nutritivas. Puede que incluso recibas buena información para cambiar tu opinión o para replantear tu perspectiva de algún modo y eso te guste. ¡Perfecto! ¿Qué porcentaje de las opiniones que elaboras tiene un resultado nutritivo para ti? ¿Qué ocurriría si dejases de elaborar opiniones?

¡Joder! (¡Perdón!) ¡Dejar de elaborar opiniones es mucho decir!

Bueno, tampoco digo que tengas que dejar de elaborar opiniones si no quieres, yo solo te hago preguntas. ¿Qué perderías si te dedicaras a guardar silencio?

Y tengo una última pregunta: ¿cuánto crees que vale tu opinión?

Para responder a esta última cuestión, además de valorar todo el planteamiento anterior, te invito también a preguntarte cuánto crees que le importa a la gente tu opinión. ¿Qué les ofrece tu opinión? ¿Por qué habrían de escucharte?

Escuchar opiniones ajenas.

Desde mi punto de vista parece lógico pensar que, si las opiniones son cambiantes y están plagaditas de creencias, juicios, experiencias, miedos e inseguridades de cada uno, las opiniones de los demás no sirven absolutamente para nada.

La parte positiva de todo el tiempo que estás dedicando a leerme es que te he dado mil y un motivos para que, a partir de ahora, la opinión de tu cuñada o de tu suegro, te resbale como si tuvieras las manos embadurnadas en aceite de coco.

Tienes en tus manos el poder de decidir cómo te tomas las opiniones de los demás, qué valor les das, cómo las encajas y, en definitiva, cuánto te afectan. Tanto si la opinión te gusta como si no, sus bases son las mismas, así que no te tomes nada demasiado en serio.

Imagina esto, dos personas distintas elaboran sus opiniones acerca de tu trabajo. La primera de ellas está súper descontenta, le parece que lo que has hecho no sirve para nada, y la segunda está gratamente sorprendida. Te felicita, te aplaude y se ocupa de decirle a todo el mundo cuánto le ha gustado lo que has hecho.

¿Imaginas que la diferencia entre ellas solo fuese el hecho de que la primera esperaba mucho más de ti y la segunda tenía la firme convicción de tu trabajo sería bullshit? ¿Quién te cae mejor ahora? ¿Qué importa quién opine qué? Tu trabajo ya está hecho, hasta tu propia opinión no servirá para cambiarlo.

Piénsatelo dos veces antes de indignarte por algo, porque tu indignación es fruto de tu opinión y ya sabemos para lo que vale.

Piénsatelo dos veces antes de tomar en serio la opinión de tu cuñado, con toda certeza la ha elaborado a partir de su experiencia y cuando su experiencia cambie, cambiará de opinión.

Piénsatelo dos veces antes de tomar en serio cualquier cosa en la vida, es tan cambiante que antes de que te des cuenta la realidad ya habrá cambiado.

2 Replies to “El valor de la opinión.”

  1. Desprenden tanta sabiduría tus palabras…. Estamos tan inmersos en que las cosas son de una forma que no nos paramos a pensar que podrían ser diferentes. Está claro que se objetivo todo el tiempo es complejo, a parte de que no se que nivel de objetividad podríamos llegar a alcanzar pero sí es cierto, que lo que está en nuestras manos es controlar como nos afectan las cosas. Me ha parecido muy interesante porque yo era de las que me afectaba mucho y cuando aprendes a relativizar, todo es mejor.
    Gracias por tu articulo.

    1. Spiritual Mood Spiritual Mood dice:

      Gracias a ti por tu tiempo, Eva. Dar a cada cosa la importancia que realmente tiene es una de las cosas más sanas que podemos hacer por nosotros mismos.
      Un abrazo fuerte!
      Ale

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